cepas de estafilococo dorado (bacteria que causa toxemia e infecciones en heridas quirúrgicas, entre otras cosas) han desarrollado resistencia a todos salvo uno de los 12 antibióticos, poco más o menos, que se utilizaron para combatirlas. Los derivados de la penicilina, que hace unas décadas curaban casi todas las infecciones bacterianas de las vías urinarias, han perdido buena parte de su eficacia. Y más de cinco por ciento de las infecciones por neumococos, una de las causas más frecuente de pulmonía, están dejando de responder a la penicilina y otros antibióticos usuales. Los enfermos infectados por una de estas nuevas cepas pueden llegar a morir si no se les administra un antibiótico menos común y mucho más costoso.  “La gente todavía cree en el mito de que los antibióticos son remedios milagrosos e inofensivos”, advierte Stuart Levy, profesor de medicina y biología molecular, y autor de The Antibiotic Parados (“La paradoja de los antibióticos”). Lo cierto es que tomar antibióticos cuando no se necesitan no solamente carece de utilidad, sino que puede resultar muy perjudicial”.

Se cree que el uso actual de los antibióticos es en buena medida innecesario o inadecuado. La responsabilidad recae tanto en los médicos como en los pacientes. Muchos de estos últimos interrumpen el tratamiento ante de lo prescrito por el médico, y guardan las medicinas restantes. “Hay quienes guardan antibióticos en su botiquín y se zampan unas cuántas píldoras cuando sienten que se han resfriado, o antes de salir de viaje, como medida preventiva”.

“Y con demasiada frecuencia, los médicos prescriben antibióticos indebidamente”. Muchos ceden casi por costumbre antes los pacientes que exigen antibióticos para un resfriado, pese a que los resfriados son causado por virus, no por bacterias.
Ante las muchas enfermedades infecciosas rebeldes a la penicilina, los médicos pueden recurrir a un fármaco más potente, un antibiótico de amplio espectro que acaba con muchos tipos de bacterias (lo mismo benéficas que dañinas). Muchos galenos opinan que lo más sensato sería tomar muestra del tejido infectado, efectuar un cultivo de laboratorio y, de acuerdo con los resultados, prescribir un antibiótico específico. Pero, ¿sensata para quién? Lo que el enfermo quiere es curarse lo antes posible, y no le importa demasiado si se produce una resistencia bacteriana que pueda afectar posteriormente a otras personas.

“Al médico no le gusta enviar a su paciente a casa sin darle algo que le alivie el dolor, y pedirle que llame dos días después para conocer los resultados del cultivo. En consecuencia, muchos se limitan a prescribir un antibiótico de amplio espectro”.

Mientras tanto, la industria farmacéutica produce cada vez menos antibióticos realmente nuevos. Como los derivados de los que ya existen tienen estructuras moleculares y modos de acción muy semejantes, solo detienen el problema de la resistencia bacteriana de manera temporal. Por desgracia, las bacterias tardan muy poco en generar cepas aún más resistentes.
No podemos fiarnos de dichos derivados para protegernos de la resistencia bacteriana a largo plazo. Por consiguiente, la comunidad médica y el público deben ponerse en guardia. “Si reducimos el uso imprudente de los antibióticos, quizá logremos restituir parte de su eficacia a los antiguos y preservar la de los nuevos”.

¿Qué se debe hacer? La mayoría de los expertos opinan que los antibióticos específicos son preferibles a los de amplio espectro. Como estos últimos atacan a más tipos de bacterias, no hacen sino ofrecer más oportunidades para que se produzcan las mutaciones que dan por resultados gérmenes más resistentes.

Un control cuidadoso del uso de los antibióticos también puede contribuir a frenar en avance de la resistencia bacteriana, se debería prescribir antibióticos sólo en caso estrictamente necesarios. Los médicos necesitan tomar conciencia de esto.
Es de vital importancia que los antibióticos se tomen en la dosis exactas y durante el período íntegro de tratamiento que haya prescrito el médico, y que no se guarden para un uso futuro. Además, los pacientes no deben exigir al médico que les receten antibióticos.  Por irónico que parezca, millones de personas a quienes jamás se le ocurriría consumir drogas ilícitas podrían ocasionar un problema de salud pública de proporciones alarmante, al hacer un mal uso de un fármaco prescrito.






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