Lo grave de que el sistema norteamericano no permita a los químicos, bioquímicos y farmacólogos estudiar la marihuana, sin embargo, no queda en una cuestión teórica ni en la discusión bizantina acerca de si las leyes son tontas o no. El verdadero problema es que hay cientos de miles de pacientes en ese país que necesitan de los cannabinoides para tratar distintos trastornos como el dolor crónico, los daños nerviosos, las náuseas derivadas de la quimioterapia contra el cáncer y distintos estados patológicos asociados con el sida.
El argumento legal es que existe un sucedáneo sintético de los cannabinoides, llamado Marinol, que se comercializa legalmente y que está a disposición de los médicos para recetar. Un editorial del New England Journal of Medicine, una de las revistas más prestigiosas del mundo de la ciencia, afirma sin embargo que "esta droga es muy difícil de dosificar correctamente, por lo que no es muy recetada. Por el contrario, fumar marihuana produce un muy rápido incremento de los niveles plasmáticos de sus principios activos, alcanzando muy pronto la dosis terapéutica".
Scientific American concluye: "En vista de esto, el único curso de acción razonable es facilitar a los investigadores norteamericanos, por lo menos, el estudio de la marihuana para establecer sus posibles usos médicos. Gran Bretaña, sin renegar de la lucha contra el abuso de drogas, ha autorizado a sus científicos a criar distintas variedades de marihuana para realizar con ellas pruebas clínicas". Un estudio de la Universidad de Harvard muestra que, a despecho del carácter anticientífico de la prohibición, el 44% de los oncólogos norteamericanos indican el uso de marihuana a algunos de sus pacientes. En concordancia con la realidad científica, una Corte Superior del Estado de Washington falló en 1995, ante el planteo de un abogado afectado de cáncer terminal, que la prohibición de recetar marihuana a ciertos enfermos es directamente inconstitucional. Se trata del primer fallo de su tipo, sienta jurisprudencia, y puede ser el comienzo de una avalancha de recursos judiciales para reclamar el derecho del paciente a ser tratado médicamente de la mejor forma posible.
Mientras los abogados discuten si sí o si no, miles de enfermos norteamericanos de sida, artritis y cáncer que podrían beneficiarse con los efectos de la marihuana prescripta por un médico, comprada en una farmacia y aplicada en dosis controladas, no encuentran solución a sus problemas por culpa de un absurdo impedimento de orden legal.


