Sexualidad Infantil

 
Sexualidad Infantil

No cabe duda que el tema de la sexualidad infantil, aún a finales del siglo XX, se presenta para muchos como algo escabroso: una teoría impensable en relación a esos seres tan pequeñitos, tiernos e indefensos que lo único que desean es satisfacer sus necesidades fisiológicas y jugar. ¿Jugar a reclamar el pecho materno aun cuando el chiquito no tiene hambre; jugar a chuparse el dedo y a esbozar una amplia sonrisa de satisfacción al sentir las caricias de la madre sobre su cuerpo al limpiarlo y acurrucarlo; jugar a retener y expulsar los excrementos; a tocarse el "pajarito" o el "botón" en una actitud por demás deleitosa? Sí, se puede decir que es un juego, pero un juego sexual que -desde la perspectiva psicoanalítica- funda y determina la sexualidad propiamente adulta.

Que un niño o niña de escasos dos, tres, cinco años busque placer sexual es una aberración -dicen todavía algunos padres y educadores- si el despertar al sexo, afirman, ocurre apenas en la llamada adolescencia. En efecto, así sería si por sexualidad entendiéramos un instinto que se dirige a un compañero del sexo opuesto y con un fin en vista: la unión de los órganos genitales en el coito. Pero sabemos que esta definición está lejos de explicar la sexualidad humana. La teoría y experiencia psicoanalíticas muestran que existen grandes variaciones en cuanto a la elección del objeto sexual y en cuanto al modo de actividad utilizado para lograr la satisfacción. Pero, para continuar con el tema, preferimos dejarle la palabra la doctora Adriana Isla, psicoanalista de niños.

La pulsión y su objeto sexual

Díganos, doctora Isla, ¿que se entiende por sexualidad infantil?

Tradicionalmente, la sexualidad se ha concebido como un pasaje por distintas etapas o fases: oral, anal, fálica o genital; vistas en un ordenamiento cronológico y dando cada una origen a la siguiente, es decir, como una maduración natural que conduce al sujeto a encontrarse con un objeto adecuado e idóneo, que satisface esa pulsión sexual. Sin embargo, yo no comparto esta concepción desarrollista, por tres razones. En primer lugar, desde el momento en que el inconsciente se funda a partir de lo reprimido, podemos decir que el inconsciente es sexual, y por lo tanto la sexualidad siempre tiene un carácter infantil. Asimismo, no hay una pulsión única que predomine. La pulsión siempre es parcial, esto es, todas coexisten a la vez. Y por último, el objeto pulsional no es un objeto de la realidad, preformado, que responda a satisfacer las necesidades biológicas de un individuo. Lo pulsional se inscribe en el cuerpo fragmentándolo, de ahí que el sujeto busca su identidad en la imagen del otro.

Pero; ¿a quién pertenece ese objeto?

A ninguno. Es un objeto que se sitúa en la intersección de dos campos: el del sujeto y el del otro (madre). Si la demanda fuera siempre satisfecha no habría lugar para la constitución de un sujeto deseante ni para el objeto. Esto ocurre en las patologías más graves: la psicosis y el autismo.

¿Podría decirnos algo sobre la pulsión anal?

En el caso de la pulsión anal, las heces ocupan el lugar del objeto perdido. El niño se identifica con éstas y se da como don al otro (madre), quien demanda al niño el control de los esfínteres. Así es como se erotiza esta zona y el sujeto mismo con su pulsión de control y de dominio. Las heces se vuelven un regalo a un medio para agredir.

Se ha hablado mucho del complejo de Edipo. Se dice que consiste en que el niño se enamora de la madre y la niña del padre, estableciéndose así una rivalidad con el progenitor del mismo sexo. ¿Qué nos puede decir de este concepto?

El ordenador del mito edípico es la angustia de castración, que está referida a la presencia/ausencia. En el ser hay una falta central, representada por el falo que debemos distinguir del pene como órgano. Así, el niño ocupa para la madre en un primer momento, a través de una equivalencia simbólica, imaginariamente el lugar del falo; de esta forma recubre la falta central de la madre. A través de la introducción de la ley de prohibición del incesto, ley del padre, cuya portadora es la madre, el niño es introducido en un mundo de privación. En la privación, el objeto falta (falo), es decir nadie lo posee. Es así como aparece la angustia de castración. Esto lleva al niño a salir de la relación dual con la madre, esperando recibir del padre el falo como don: en el caso del niño como identificación masculina, en la niña esperando recibir este don, bajo la forma de un hijo.

Las vicisitudes de esta organización edípica determinarán las leer más

(Este articulo fue tomado con la debida autorizacion escrita de:www.galeriasnet.com)





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