Los síntomas de obesidad se consideran como equivalentes depresivos, como intentos para recuperar la crianza y los cuidados perdidos o frustrados. En estudios recientes los sujetos con obesidad juvenil, manifiestan trastornos importantes en la imagen corporal, consideran a sus cuerpos como feos o repugnantes y creen que son observados por los demás constantemente. Esta frecuente idea de referencia los lleva al autodesprecio y a las alteraciones del funcionamiento social global. Por su parte estas experiencias pueden contribuir al desarrollo y conservación de la obesidad, creándose así un ciclo vicioso (Iilingword, 1991). Se les representa como sujetos que son hostiles y agresivos consigo mismos, con una imagen sumamente devaluada que los hace proyectar en el exterior el autodesprecio que sienten hacia su persona. La imagen jovial, que algunos individuos obesos proyectan al exterior puede ser un mecanismos defensivo adoptado para lograr la aceptación de los demás (Smith, 1983).
Bruch, (1983) menciona la importancia de la comida por su función en las interacciones sociales. Las interacciones primarias de la madre con su lactante abarcan alimentos y alimentación. Las dificultades para alimentar a su hijo a causa de la inmadurez de la madre, sus conflictos psicológicos o la posible ambivalencia hacia el hijo, pueden dar como resultado, alteraciones graves en el desarrollo emocional y físico de este último.
A la inversa, el niño que es difícil de alimentar a causa de alergias, algunas infecciones, cólicos, etc., puede hacer que la madre se sienta frustrada y disgustada e impedirá el desarrollo de una relación sana entre madre e hijo. Los alimentos se pueden emplear también en las luchas por el control de la madre, que sobrealimenta de manera forzada a su hijo o le suprime el alimento al mismo como medios de recompensa o castigo. El niño puede emplear también la comida como medios de rebeldía y para establecer el control. (Iilingword, 1991).
Ahora bien, qué hace que le niño obeso se mantenga así a lo largo de su vida? Es bien sabido que las personas obesas son punto de discriminación desde la perspectiva social además de representar objetos de no deseo sexual, en comparación con las personas de peso normal. La conservación de la obesidad podría reflejar, en algunos casos, un deseo inconsciente de permanecer y conservarse aislado de personas que lo rodean, incluso de personas significativas, con objeto de evitar conflictos relacionados con la sexualidad o la intimidad emocional. La obesidad es un problema de salud, asociado con desordenes degenerativos del sistema circulatorio y aumento de posibilidad de enfermedades del corazón, hipertensión arterial y otros problemas (Cliska, 1990); sin embargo y a pesar de las consecuencias negativas que puede traer consigo tal estado, no se sabe por qué algunos individuos comen más de lo que su cuerpo necesita. A las personas obesas (tanto niños, como adolescentes y adultos) se les considera como faltos de “Fuerza de voluntad”; sin embargo esto probablemente sea una simplificación exagerada debido a que, como ya hemos mencionado, la obesidad en muchos casos está ligada a algún tipo de factor causante en especial o a la combinación de varios de estos (como puede ser el factor genético, aunado a las condiciones familiares y al nivel socioeconómico). (Smith, 1983).
A pesar de la ausencia de perfiles psicológicos y de la conducta claros, relacionados con el desarrollo de la obesidad, existe un subgrupo de sujetos obesos que manifiestas patrones de sobrealimentación que tienen una base emocional. Cerca del 10% de sujetos obesos, por lo general mujeres, desarrollan un síndrome de alimentación nocturna que se caracteriza por no comer grandes cantidades en las mañanas , pero por las tardes y las noches se presenta la hiperfagia con insomnio. Al parecer las tensiones de la vida precipitan estas conductas que tienden a persistir hasta que estas tensiones son aliviadas. Otro subgrupo más pequeño (cerca del 5%) de gente obesa, son personas glotonas con crisis emocionales que tienden a ocurrir después de alguna situación estresante; sin embargo en estos casos, al desaparecer la tensión o la situación que la provocó, los atracones o las comidas compulsivas que hacen no desaparecen, creándose de esta manera un patrón alimenticio característico y difícil de combatir (Bruch, 1973).
Tratamiento de la obesidad y pronóstico
Antes de hablar de cualquier tipo de tratamiento es importante tomar en consideración, que un dieta por sí misma puede ser un factor biológico y psicosocial productor de estrés importante. Puede producir sentimientos de frustración, agitación, irritabilidad y aumento de la reactividad emocional en personas por lo demás normales. Por lo tanto, algunos de los aspectos emocionales que se atribuyen tradicionalmente a las personas obesas pueden ser consecuencia de sus intentos por perder peso mediante una dieta rigurosa, más que una causa de su estado.
El enfoque básico con el que se comienza un tratamiento en contra de la obesidad es lograr que el individuo consuma menor cantidad de alimentos calóricos y que su cuerpo y las actividades del mismo sean capaces de quemar estas calorías consumidas. Se espera establecer un equilibrio entre lo consumido y lo gastado o quemado. Por lo mismo todo tratamiento comienza con la implantación de una dieta acoplada más que nada a la modificación del comportamiento de ingesta (es decir que permita al individuo comer de los diferentes grupos alimenticios existentes en cantidades moderadas o pequeñas). Esto en muchas ocasiones va acompañado de ejercicio, aunque este es un punto de tratamiento en el que hay controversia, en especial si se trata del tratamiento de un infante en contra de la obesidad que presenta. Es importante en este punto, involucrar a los padres del niño a cambiar las conductas y condiciones alimentarias que se han llevado en el hogar hasta determinado momento. (Iilingword, 1991).
En tratamientos anteriores se proponía el uso de medicamentos que tengan efectos anorexígenos para tratar la obesidad. Sin embargo, el abuso de estos medicamentos a llevado a los clínicos a reducir su recomendación y a proponer nuevas técnicas de mayor eficacia que no arriesguen la salud del individuo.
El psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica serían, a mi parecer, en el caso de obesidad, alternativas sumamente viables que ofrezcan al sujeto la oportunidad de conocer las motivaciones intrínsecas que lo llevan a tener los malos hábitos o las conductas de atracón hacia la comida. Siento que un mal hábito difícilmente será removido si el sujeto no es consciente de las situaciones que provocan su necesidad de comer y la relación que su cuerpo y mente tienen con la comida.
Muchos autores aceptan que el pronóstico para perder el peso excesivo y conservarlo bajo es pobre. Aunque se ha logrado la disminución de peso en plazo breve con el advenimiento de las nuevas estrategias dietéticas y de ejercicios y el desarrollo de programas de modificación de la conducta, el pronóstico a largo plazo sigue siendo pobre. Se estima que si el niño obeso, no alcanza su peso casi normal, hacia el final de la adolescencia, las posibilidades e que ya no lo haga más tarde son mayores. La morbilidad y la mortalidad de sujetos obesos son proporcionales al grado de obesidad y a la presencia de factores de riesgos acompañantes como pueden ser las presión arterial, problemas del corazón o diabetes. (Vega, 1991, Cliska, 1990).
En realidad, está claro que cualquier criterio que tenga éxito para la comprensión, tratamiento y pronóstico de la obesidad, debe incluir una percepción concienzuda de los aspectos genéticos, psicológicos y socioculturales determinantes. Como clínicos debemos adoptar cada vez más un tratamiento biopsicosocial y la necesidad de empatía y entera comprensión de nuestros pacientes para una mejor resolución de la situación y problema presentado.


